Unos San Fermines lejos de Pamplona. Cartas desde India

Viajar siempre depara experiencias únicas e inigualables y en ocasiones experiencias de lo más extrañas. Cabe decir que lo aparentemente extraño en algunos países suele ser cosa habitual en otros así que una vez pasado el susto solo queda reírse y recordar el momento. 

23 de diciembre de 2015

Unos San Fermines lejos de Pamplona. Cartas desde India
Una de las calles más famosas y estrechas de Varanasi

Acababa de salir del centro de Dashaswamedh. A mi espalda quedaba el barrio de Godowlia, ese que siempre se encuentra a rebosar. El que han asfaltado con blancas líneas y que por unos días permaneció cerrado a coches y "tuc tucs" ante la llegada del primer ministro japonés y el primer ministro indio. Habían llenado las calles con empalizadas para que estos pudieran andar con calma y que el público no les desbordase. 


Sobre el Main Ghat habían colocado un entarimado de madera y habían decorado todo con flores amarillas y naranjas esas que llaman claveles indios. Según había podido ver en algún periódico estuvieron solo las autoridades en un lugar que siempre está hasta los topes. Por lo visto hicieron alguna ofrenda y hablaron de política al terminar el día. Muchas calles han cambiado desde entonces. Pronto volverá a ser lo mismo. Y las rayas del suelo desaparecerán de nuevo como si nunca hubieran estado allí. 


Bajé la pequeña rampa que termina junto a los tres escalones que dan a la calle Bangali Tola Rd. Esquivando la basura que había a mis pies y cubierto con una manta de la que usan los indios fui avanzando por la calle entre tiendas y pequeños puestos de comida. Poco a poco esta calle se va convirtiendo en un auténtico referente de la ciudad. Los tenderos con los pies descalzos saludan a los paseantes con la intención de que no te olvides de sus caras y que de pasar día tras día decidas en algún momento pararte. Ellos saben como hacerlo. Te observan y giran sus cabezas a tu paso soltando frases en diferentes lenguas hasta que como un pececillo picas el anzuelo y miras. Tienen de todo y si no lo tienen buscaran la mirada cómplice del vecino que le dará la cobertura necesaria para que todos salgan ganando. 


Bangali Tola Rd. es una calle antigua y cuando digo antigua me refiero a que las casas son viejas. Quizas no tanto como los ojos del viajero quisieran ya que es mayor el destrozo que tienen que su antigüedad real. Según dicen las guías a pesar de ser esta, Benarés, una ciudad fundada allá por el 1200 a.C. ninguna de sus casas de esta calle supera los 200 años. Si, son casas muy viejas pero no tanto como en principio parecen. Las paredes desconchadas y la pintura desgastada las hace aún más viejas a la vista. La suciedad de la calle desaparece con la llegada de los barrenderos que ciertamente hacen aquí un labor más que importante. El suelo es de grandes baldosas de piedra cuadrada o rectangular. Estas piedras se encuentran puestas de manera irregular en altura por lo que es fácil tropezar. Además cuando los vecinos mojan la calle las viejas baldosas resbalan y tornan a un tono rojizo que le da aún más encanto a este pedazo de la ciudad.


Caminé por la calle dirección al hotel, observé los cables que cruzan de lado a lado, miré los puestos de comida y me entretuve mirando algunos monos que juguetones corrían por los tejados. De vez en cuando me paraba y giraba 180º para observar lo que quedaba a mi espalda. Vi los cachorros de perro que hay en todas partes de esta ciudad. De tanto pasar por aquí acabas sabiendo cuantos tiene cada camada. Tapado hasta la cabeza continué mi caminar justo cuando apareció frente a mi un hombre, como tantos otros previamente, me hacía gestos con la mano. La primera cosa que entendí de aquellos gestos es que me invitaba a entrar en su tienda así que asomé mi mano de entre las ropas y le indiqué que no sin mediar palabra. El hombre insistió, pero esta vez más agitado. Con la mano casi me empujaba hacia el interior de la tienda y lo habría hecho si no fuera porque aún me quedaba un metro y medio para llegar a su altura. En ese preciso instante el hombre avanzó un paso hacia mi y de un empujón me llevó contra la pared. Fue ese el instante en el que una vaca seguida de dos toros de grandes dimensiones pasaron rozándome y corriendo a gran velocidad por la estrecha calle. Desperté de mi sueño de caminante solitario para mirar al hombre que me había librado de ser golpeado por aquellos enormes animales. Desde luego que si me hubieran alcanzado me habrían dado el golpe de mi vida. Sus pezuñas llenas de barro no hacían ruido al correr sobre la piedra mojada y no había sentido su presencia hasta que estaban encima mio. Vi sus posaderas desde atrás y comprobé que no fui el único al que le pillaron por sorpresa ya que se oían gritos y la gente, como en la calle Estafeta de Pamplona, se echaban a ambos lados buscando no llevarse un fuerte impacto. 


El hombre me miró serio, abrió las manos como buscando una explicación y le di las gracias. Repitió el gesto y le devolví eso mismo. Le volví a dar las gracias. El hombre se fue serio y me di cuenta que ni siquiera era dueño de una tienda, simplemente, como yo, pasaba por allí. 


Continué mis pasos por aquella calle, haciendo zig zag entre las estrechas callejuelas, esquivando excrementos de vaca y barro. Evitando charcos y restos de basura aún por recoger. Apartándome del paso de las motos y perros que van de lado a lado. Continué por mi camino ajeno a vacas, perros, motos y personas. Volví a mi sueño de caminante solitario y me senté junto a uno de los ghats de esta ciudad. Allí el Ganges me devolvió la mirada con el fluir lento y suave de un rio potente y ancho. Las cometas seguían allí, en lo alto del cielo y la ciudad se volvía a llenar de humo, el día terminaba como había empezado, con esas tonalidades anaranjadas propias de esta gran ciudad.

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Nmasté