Regreso a Varanasi. Cartas desde India

Volver a India siempre es especial. el hecho en sí de volver no implica conocer todos los aspectos de este gran país aunque existen momentos, olores, sensaciones que te enganchan enseguida y te hacen recordar los momentos que ya pasaste aquí. Nunca deja de sorprender este país. 

5 de diciembre de 2015

Regreso a Varanasi. Cartas desde India
Los Gaths en Benarés son una de las cosas más bellas de la ciudad. Assi Gath ha permanecido ocult bajo el barro muchos años y ahora tras una limpieza a fondo reaparece en todo su esplendor.

Se abrieron las puertas del avión y el olor a  plástico y papel quemado inundó nuestros pulmones, bajamos las escaleras y avanzamos por el asfalto hasta la puerta de la terminal. Todo parecía viejo, hasta la moqueta marrón que estuvo de moda allá por los sesenta. Caminamos entre decenas de estancias tapiadas y nos dejamos llevar por las cintas metálicas que parecían nuevas. Salimos a la calle y subimos al autobús. Era de esos que fueron modernos allá por los noventa, los que sustituyeron a esos otros de asientos de madera, la diferencia es que estos tenían la suciedad acumulada desde entonces. Tenían las barras de metal plateado desgastado a la altura de la mano, eran esos asientos que te dejaban la espalda mojada cuando hacía calor sofocante, como ahora. Aquí lo llaman invierno, seguimos sin conocer los infernales veranos de India.


El tacto con el metal de los asideros del autobús era de sensación pegajosa y parecía que todo contenía miles de millones de bacterias. De camino a la otra terminal y engullidos por el tráfico fuimos parte de la sonata de bocinas en busca de paso. En las medianas y en medio de la calle los transeúntes solitarios miraban a la nada y algún que otro foráneo despistado recorría el camino entre terminales con la mochila haciendo de ancla sobre sus espaldas. 


Las hojas de los árboles estaban ahogadas en polvo, el mismo polvo que se asentaba en nuestras gargantas y que hacia que esta picase.
Pequeños montículos de tierra con fragmentos de tuberías de cemento permanecían olvidadas a ambos lados de la calle mientras algún perro asustadizo trataba de cruzar la carretera y el miedo le hacía correr en línea recta entre ambos carriles. Entre la carretera de ida y vuelta una pequeña isleta de hierba servía de pedestal a un hombre que miraba al horizonte entre la niebla.


Al llegar a Varanasi las vacas seguían tumbadas en medio de la carretera, los ricksaw seguían buscando su hueco entre los coches, los perros evitaban ser atropellados y los tuc tuc seguían haciendo cabriolas para ponerse los primeros en una carrera de locos en la que nunca gana nadie. Al bajarnos del tuc tuc que nos llevaba a Assi Gath cogimos un "ricksaw" de pedales y dio la casualidad de que era el mismo hombre que dos años antes nos había llevado en la única vez que cogimos uno de estos transportes en la ciudad. Las casualidades pasan y ambos nos reconocimos al instante.
Nos dejó en la puerta del guest house donde dejamos las mochilas para ir a ver el Ganges dos años después de la última vez. Saludamos a un amigo y nos dimos la ducha perfecta antes de irnos a la cama. Estábamos tan cansados que antes de tumbarnos ya estábamos dormidos y no fue hasta las 23:30 hora española que abrimos un segundo los ojos para volverlos a cerrar hasta la llamada a la oración de la mezquita más cercana. Una hora después fueron unas campanas de un templo próximo y otra hora más tarde fue por fin la alarma del teléfono. Amanecimos en Varanasi para los próximos seis meses. 

Pocas cosas parecen haber cambiado y aunque es pronto para decirlo, si acaso, decir que estos días se siente más la contaminación que en anteriores visitas. De momento estamos en un nuevo barrio donde ocurren prácticamente las mismas cosas que en otros. Al final cuando pasas los días en una misma zona terminan por sonarte las caras de los vecinos de la de vacas y de los perros. Es común terminar saludándose por la calle con los lugareños. 

Tenemos ganas de volver a sentir la ciudad y sus gentes, de dejarnos engullir por las pequeñas calles que rodean Manikarnika Ghat, de tomar el "chai" en la esquina, tenemos ganas de sentirnos parte de esta ciudad. Ya hemos tenido los primeros contactos con la ONG y en breve empezaremos a trabajar cada día en las instalaciones instaladas en Sigra. Este barrio se encuentra al norte de la ciudad por lo que cada mañana tendremos que coger un "tuc tuc" que tardará en recorrer la distancia entre veinte minutos y una hora, dependiendo del tráfico. Nuestro alojamiento se encuentra en las proximidades de Assi Ghat. Este Ghat estuvo cubierto de fango mucho tiempo y ahora ha sido limpiado dejando ver cada tramo de escalera que se introduce en el agua. 

Cómo puede a alguien no gustarle esta ciudad? cada segundo que paso en ella me siento más ligado a todo lo que me rodea.

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