La tristeza de la pequeña Ipati. Cartas desde India

En la historia de nuestra vida, narrada como en una película en la que nosotros somos los principales protagonistas, encontramos montones de actores secundarios, actores d reparto que dan sentido a nuestras vidas y nos hacen reflexionar sobre todas esas cosas que ocurren a nuestro alrededor. 

23 de noviembre de 2015

La tristeza de la pequeña Ipati. Cartas desde India
Ilustración de la niña Ipati y sus padres de camino a Pune en un autobús de línea.

Allí estaba, era uno de esos actores secundarios que aparecen en nuestra vida. Sentada entre sus padres la pequeña Ipati dejaba ver la tristeza en sus ojos. De vez en cuando nos miraba y cuando cruzábamos la mirada bajaba la cabeza y no la volvía a levantar hasta que estaba segura de que habíamos apartado la nuestra. 


Se levantó de su sitio junto a su familia y se recolocó en otra fila del autobús. Cada vez más cerca. A medida que pasaba el tiempo tardaba menos en volver a mirarnos hasta que llegó un momento que ya no apartó la mirada. Incluso llegó a dibujar una leve sonrisa. Cuando cogió confianza, tras varias horas, encontró un asiento vacío detrás de nosotros y eran tantas las veces que la habíamos sonreído que su miedo había dejado paso a la curiosidad propia de una niña de apenas ocho o nueve años. En uno de los muchos momentos que la perdimos de vista se levantó y se sentó justo en el asiento de atrás. Poco rato después sus dos padres ocuparon los asientos que estaban a su lado.

 
Ipati llevaba la cabeza cubierta por un pañuelo oscuro, de su cuello colgaba un collar dorado, que no de oro, y un vestido rosa con bordados y mangas blancas. De su cara colgaba la más absoluta de las tristezas. 


En una de las paradas que el autobús hizo le compramos unas chocolatinas que le dimos por la ventana del autobús. Las cogió, no sin antes echar una mirada a sus padres buscando un asentimiento en sus rostros. Recibido el permiso por parte de los progenitores alargó sus pequeñas manitas y esbozando una leve sonrisa cogió la bolsa que introdujo en el interior del autobús. Cuando subimos vimos a sus padres comer de aquellas chocolatinas. La niña las había repartido entre sus familiares. Casi no la vimos comer y creo que no conseguimos eliminar ni un ápice de su tristeza.
Recordé aquella historia que nos habían contado en la que familias muy pobres vendían a sus hijas a hombres mayores en busca de un dinero que permitía vivir a toda la familia. Deseé con todas mis fuerzas que aquella no fuera una de esas historias y que esa niña estuviera triste por cambiar de colegio o de casa. Deseé que su tristeza fuera momentánea y que sus ojos volvieran a brillar con fuerza. Sentí mucha lástima por una niña de la que solo supe su nombre y que nunca jamás volvería a ver. Me despedí de ella con un movimiento de mano y la vi mirar para atrás por el cristal trasero del autobús. Entonces recordé la película "Water" y todas esas tragedias que persiguen a miles de niños en el mundo. Recordé entonces que muchas o todas de esas tragedias venían dadas por la codicia del ser humano y que esos niños no tenían nada más que la única culpa de haber nacido en un mundo rodeado de mayores.


Viajar no siempre está lleno de momentos de alegría, a veces te encuentras con historias de este tipo que hacen pensar y reflexionar sobre la vida. Esto ocurrió en un autobús camino de Pune, al sur de Bombay, en el año 2011.

El próximo texto lo haremos desde India, estaremos trabajando en una ONG de Varanasi por los próximos seis meses y contaremos todo aquello que vivamos desde el interior de la ONG Semilla para el cambio.


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Namasté