Las montañas del Himalaya, cartas desde Nepal.

La naturaleza que se encuentra en las faldas de los Annapurna conserva la esencia del Himalaya. Algunas de sus cumbres están entre las mayores cimas del planeta y se respira un aire limpio que llega de las montañas. El espectáculo es insuperable y el silencio llena los oídos en las frías mañanas de Poon Hill.

3 de noviembre de 2015

Las montañas del Himalaya, cartas desde Nepal.
El Daulajiri en sus primeros minutos de la mañana se ilumina bajo el cielo naranja que cubre la cordillera del Himalaya

Tras dos días de marcha habíamos llegado, por fin, a Gorepani. Esta pequeña población de montaña se encuentra a más de 3000 metros de altitud y sus pobladores se mezclan entre gentes muy mayores y los jóvenes serpas que vuelven cada poco tiempo al pueblo acompañando a los cientos de viajeros que buscan estas montañas como refugio de la gran ciudad. Las casas de esta pequeña población de montaña son azules. Se fabrican mezclando chapa y madera y en su interior las cocinas ocupan la parte más baja. De sus fuegos sale el calor que templa la estancia y en sus costados los viajeros descansan los cuerpos entre risas y anécdotas antes de ir a dormir a unas habitaciones enfriadas por el viento de la montaña. 

Nuestro Guest house era de buen tamaño. En su entrada había una pequeña plaza donde daba el sol y allí unas mujeres nonagenarias reían con una risa enorme mientras descansaban las piernas y observaban a los extraños. La gente entraba y salía de la casa de huéspedes. La puerta de madera daba directamente a una escalera y dos pasillos. Por un lado se llegaba a las habitaciones de la planta baja y por el otro al comedor y centro de reunión de mochileros y porteadores. Un poco más allá unos ventanales enormes dejaban ver lo que veníamos a buscar. La cordillera del Himalaya. De izquierda a derecha se observaba el Daulajiri, los Annapurnas y más allá el Machapuchare. Este último aún sin conquistar ya que se trata de una montaña sagrada para la que no se dan permisos de escalada. Su nombre se debe a la forma de pez que posee. 

Pasamos la tarde entre gentes de todo el mundo, comimos sopas calientes con largos y gruesos fideos y nos dejamos embriagar por el calor que salía de una estufa hecha con un barril viejo y oxidado. Allí, colgando de unos finos alambres, la gente ponía la ropa a secar tras pasarla por el agua con un poco de jabón, lo justo para quitarle el mal olor. Nos costó mucho llegar a las habitaciones de dos camas donde el frío se clavaba en los huesos y hacía la noche más larga de lo deseado. Amanecimos temprano, antes de la salida del sol y nos vestimos con ropas de alta montaña. Empezamos la subida cuando el frío alcanzaba los 10 bajo cero y la subida la hicimos tan rápido que parecía que había sido cosa fácil. En todos los allí presentes permanecía el miedo a perdernos el amanecer desde lo más alto de Poon Hill, la cima. 

La fila de mochileros ocupaba todo el largo del recorrido. Recuerdo a un alemán llamado Marvin que iba a la vanguardia, mantenía un paso firme y rápido al cual nos pegamos para no perder el ritmo. Llegamos a la cima aún de noche. Todo el mundo buscaba el mejor de los lugares y todos parecían no ser lo suficientemente buenos como para disfrutar del espectáculo que estaba a punto de acontecer. 

Los primeros rayos de sol aparecieron por nuestra derecha. La primera de las cumbres en iluminarse fue el Machapuchare. El sol se fue situando por encima de la bruma mañanera y poco a poco fue pintando de naranja las paredes de roca que nos observaban como gigantes. Los Annapurna se encendieron de un tono malva que hizo el silencio entre la multitud. Todos los excursionistas nos relajamos y disfrutamos de todo aquello como testigos de algo irrepetible. 

Yo, que soy poco amigo de los amaneceres reconozco que aquel fue especialmente diferente. La sensación de que el sol iluminaba de abajo-arriba no la había vivido con anterioridad y allí rodeado de desconocidos y de otros que ya no lo eran vimos iluminar las montañas que forman el Daulajiri. 

Recuerdo que bajamos despacio la misma cuesta que habíamos subido tan rápido un rato antes. Llegamos a la pequeña posada que nos acogía y nos comimos un desayuno de esos que casi son comida y nos preparamos aún doloridos para la larga caminata que nos esperaba ese día. Por un momento y rodeado de aquellos porteadores nos dimos cuenta que lo que para nosotros era un divertimento que servía para sacarnos de nuestra rutina para ellos se trataba de una forma de vida que realizaban cada semana al menos un par de veces. Ese dolor de piernas que nosotros ya llevábamos tras varios días por la montaña se traducía en una sobre carga diaria para aquellos jóvenes nepalíes que nos observaban con la cara de quien siente el orgullo de decir - esto es nuestro pero quisiéramos ser vosotros para poder ver otros lugares -. Para todos ellos la vida era durísima a pesar de tanta belleza. Sus piernas habían subido esas cumbres infinidad de veces y aquel espectáculo hace tiempo que había sido especial. Ahora su alegría residía en ver la alegría de otros disfrutando de ver lo que ellos veían cada día. 

Allí, junto a las cumbres más altas del planeta, impregnados de aire puro de la montaña bebimos el agua que los riachuelos nos daba. Subimos y bajamos miles de escalones irregulares y terminamos con los pies más doloridos que nunca. La emoción de ver aquellas montañas no se volvería a repetir en todo el viaje y el recuerdo persistente en nuestra memoria nos invita en esos momentos de rutina occidental a revivir aquellos instantes en los que las montañas se tiñeron de colores cálidos. No hay día, que en un parpadeo, no veamos esas siluetas. O algo de nosotros quedó allí para siempre o algo de aquello impregnó nuestras retinas para el resto de nuestras vidas. 

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Namasté