Los Killing files, cartas desde Camboya

La vida y la muerte en la ciudad de Phnom Penh. Un recorrido por los "killing files" en la capital camboyana nos sacó de nuestro viaje y nos situó en el mismísimo infierno del terror más incomprensible. Un innumerable número de cráneos humanos nos observaba desde el otro lado del cristal como testigo mudo de la barbarie ocurrida a mediados de los 70.

29 de octubre de 2015

Los Killing files, cartas desde Camboya
Las vitrinas de los Killing files están llenas de cráneos de mujeres, hombres y niños que ponen los pelos de punta, testigos de la barbarie ocurrida en las tierras de Camboya.

El día que llegamos a Phnom Penh fue el mismo día en el que nos despedimos de dos grandes amigos y aventureros. Una de las mejores cosas que tiene viajar es conocer gente con las mismas inquietudes y ganas de descubrir el mundo. Juntos habíamos hecho kilómetros en furgoneta y moto, habíamos visto el cielo rojo en el atardecer de Krati, juntos habíamos contemplado el rio Mekong a su paso por Don Det. Habíamos recorrido sus islas en bicicleta y nos habíamos hecho mil fotos y videos para nunca olvidar aquel gran momento. Quien habría adivinado que en aquel pequeño poblado de Laos llamado Tad Lo encontraríamos unos amigos para toda la vida. Ahora nuestros caminos se separaban, Sebas y Rai seguían su camino y nosotros el nuestro con la promesa de volvernos a encontrar en España. Promesa que aún no hemos cumplido y que cumpliremos más pronto que tarde. 


Los dejamos, nos dejaron, en una plaza atestada de tráfico, ellos iban por un camino y nosotros por otro. Antes de marcharnos visitaríamos en la capital camboyana un par de sitios que no nos podíamos perder. Para ello, primero, necesitábamos encontrar un lugar en el que quedarnos a dormir, un lugar barato y a poder ser limpio. No nos costó mucho encontrar un hotel de varias plantas y techos muy bajos en el mismo centro de la ciudad. La habitación que ocupamos estaba llena de mosquitos de todos los tamaños y colores pero era suficiente para lo que íbamos buscando.

Phnom Penh es una capital extraña, por un lado mantiene ese encanto de los años posteriores a la guerra de Vietnam y por otro continúa siendo aquello que en otro momento fue. Sus calles son calles de ocio, de lujuria, de depravación. Todo ello mezclado con ese toque moderno de las terrazas y restaurantes que conviven entre prostitución y extraños trapicheos callejeros, mercados de toda la vida y tiendas de ropa barata. Phnom Penh es esa capital que uno espera encontrar a la llegada, donde como decía un hombre - todo es posible si tienes el tiempo y el dinero suficiente -. 


Estuvimos en el hotel el tiempo necesario para dejar nuestras cosas y coger un motocarro de los que usan en Camboya. El chico que hacía de conductor llevaba un casco y la velocidad crucero no superaría en todo el recorrido los 20 kilómetros por hora. Nos adelantaban hasta los perros, estaba claro que el casco estaba de más. El trayecto no duró más de 20 minutos desde el hotel hasta los "Killing files", los campos de la muerte. 


La entrada al recinto ni mucho menos hacía presagiar el horror que dentro se respiraba. El conductor nos dejó en la puerta y nos apuntó con el dedo el lugar en el que permanecería a la espera tras nuestra visita. Él mismo nos llevaría de vuelta. 


Al entrar nos dieron unos auriculares en castellano y un pequeño mapa que indicaba el recorrido a seguir. Era lo más parecido a entrar en el infierno. En aquel lugar miles de personas fueron masacradas en los años 70. Los años de los Khemeres rojos (Jemeres rojos). Hombres, mujeres, ancianos y niños. Algunos de ellos por el simple hecho de llevar gafas y parecer intelectuales, otros por denuncias de vecinos, algunos más por el simple hecho de vivir en la ciudad. La locura nunca tiene un porqué ni razón de ser. 


El recorrido estaba lleno de pequeños cráteres. Antiguas fosas donde enterraron a todas las víctimas de la barbarie. El suelo en muchas zonas estaba atestado de huesos, restos de ropas, dientes... la calma y paz que se respiraba en aquel lugar chocaba directamente con todo el horror que salía de su tierra. La voz que oíamos en aquellos auriculares hablaba con pausa y a modo cicerone narraba con todo detalle lo que en cada zona del recinto había ocurrido. Un pequeño lago en el centro era el lugar donde descansaban las cenizas de los que fueron incinerados. Arbustos, árboles de todo tipo y unas plantas con pinchos que aquellos que trajeron el horror a estas tierras usaron para cortar cuellos, más allá un árbol de grueso tamaño indicaba el lugar donde cientos de niños fueron asesinados de un certero golpe. Más allá, junto a otro árbol muerto y seco, sonó en nuestros oídos la música que los asesinos ponían a todo volumen para que el ruido de los gritos y lamentos se confundieran entre los acordes de la música popular camboyana. 


Al cerrar los ojos no era difícil sentir un escalofrío subir por todo nuestro cuerpo. Pequeñas urnas puestas por todo el camino permitían a los visitantes depositar los restos que surgían en medio del paseo. Una mandíbula, una costilla, un trozo de camisa de color verde, azul, roja, una cuerda... otra mandíbula.


Al salir, en el interior de la pagoda, cientos de cráneos observaban al visitante desde sus urnas de cristal como testigos de aquel tiempo vivido.


Recuerdo hablar de aquello con otros viajeros y llegar a la conclusión de que para que algo así se repita solo han de unirse unos pocos factores. En cuanto la locura se hace con el poder todo es posible, el miedo paraliza la razón y ya no hay nada que pare la espiral de violencia. Al final es la inocencia de quien menos daño puede hacer la que paga la incomprensión de imponer la razón por medio de la fuerza. La historia, el tiempo y aquellos que renuncian a esta forma de entender la vida y la muerte son los que al final escriben esta historia. Aquellos testigos mudos de la pagoda hoy nos recuerdan que la vida es un fino hilo que hay que proteger y que la violencia nunca gana. 


En las orillas del lago de las cenizas cientos de libélulas sobrevolaban el lugar y unos niños ajenos a la narración de aquellos hechos terribles jugueteaban y ponían unas notas de color entre tanta tristeza. 


Salimos de allí recordando los buenos momentos vividos con aquellos amigos que encontramos en el camino, en silencio, nuestros recuerdos de tantos momentos maravillosos se contraponían con el relato que habíamos escuchado y con todo lo visto. Pensamos en todas aquellas personas a las que les habían robado la posibilidad de sentir, de vivir, de compartir. Por un momento cada uno de ellos pasó por delante de nosotros, uno a uno y entendimos que no siempre la vida nos deja elegir el camino, que en ocasiones los caminos se cortan de manera radical y que mientras se pueda solo queda seguir caminando hacia delante con la voluntad única de exprimir a la vida los mejores momentos posibles rodeados de buena gente. 

Cuando se viaja no siempre es todo bello, a veces, simplemente se trata de hacer un repaso por la historia de un país, que nos enseña que no todo es de color de rosa. Aún y todo, lo que deja, siempre es una lección de vida positiva que nos enriquece por dentro. En casos como este descubrimos como una sociedad como la camboyana había dado un paso al frente para dejar todo aquello atrás en su historia, sin olvidar un solo minuto de lo ocurrido para no repetir ese pasado en el presente. Mostrando todo ese horror para que ni ellos ni nosotros, los visitantes, repitamos un hecho terrible como aquel. Por desgracia no fue el último.


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Namasté