Rajee, el remero de Kerala. Cartas desde India

En muchos lugares, cuando llegamos con nuestra visión occidental creyendo que lo tenemos todo, nos damos cuenta de que no tenemos nada y acudimos a determinados sitios en busca de lo que los más pobres poseen, tiempo y felicidad. Es ahí, donde la frase de "no es más feliz quien más tiene sino quien menos necesita", toma un sentido real.En los manglares de Allapey encontramos uno de los paisajes más bellos de India, un paisaje al alcance de cualquiera, el camino hacia la felicidad. 

17 de octubre de 2015

Rajee, el remero de Kerala. Cartas desde India
Los manglares de Allapey son sin duda uno de los paisajes más bellos de India. Un espacio natural al alcance de cualquiera.

Existe un lugar al Sur-Oeste de India que es lo más próximo que alguien puede estar del paraíso. Allí, sus aguas verdes cubiertas de nenúfares ven pasar pequeñas barcas con gentes que tienen estas como su medio de transporte. En ese pequeño paraíso de más de 400 kilómetros cuadrados los manglares protegen a sus habitantes de la furia del mar y en el cielo es fácil divisar uno de los emblemas animales de India el "kingfisher". Este pequeño pájaro de alas parecidas a las aletas de un pez es de una velocidad endiablada. Se posa en las ramas de los árboles o en los pocos cables que por ahí existen y de un movimiento rápido es capaz de penetrar en el agua, coger a un pequeño pez y salir volando tan rápido como entró. 


Las calles de los pueblos cercanos son anchas y están siempre, al caer la noche, repletas de puestos de comida de todo tipo. Pequeños restaurantes o tiendas acogen a las cientos de personas que recorren la zona. Pocos son los turistas que allí se encuentran ya que la mayoría acude a la zona para meterse en uno de los muchos hoteles flotantes.Allí pasan varios días recorriendo los canales de agua que conforma el manglar. Estos "backwaters", que así se llaman, están hechos de madera y cubiertos de caña. Los hay de todo tipo y algunos son de lo más lujoso, pudiendo dar cenas en las que degustar algunos de los mejores platos de la región.
Nosotros, que somos de cartera pequeña, preferimos hacernos con los servicios de una pequeña barca manejada por un hombre de escasa estatura y de brazos tallados a fuego en las aguas del estado de Kerala


Rajee, así se llamaba el hombre, que con un poco de dinero del gobierno había montado junto a su mujer una pequeña caseta donde dar de comer a los viajeros que como nosotros preferían ver la India desde dentro, sin velos de lujo que impidiese ver la auténtica India. El hombre, orgulloso de lo que estaba empezando nos enseñó su humilde casa. A penas tenía 9 metros cuadrados, una cama de matrimonio servía de descanso para la pareja y sus hijos. Sin perder la sonrisa dispuso unas sillas junto a su cama y nos hizo un te caliente. Las paredes de hojalata daban cobertura a las pocas estanterías que sujetaban una innumerable cantidad de cazos, vasos, ollas, cubiertos, etc... Al salir era fácil chocar con el pequeño espejo que colgaba del marco de la puerta. Su mujer, aún más sencilla y pequeña que él mantenía la cabeza baja y por sus gestos era fácil entender que sentía vergüenza ante aquellos extraños, aquel espejo estaba puesto a su altura. La mujer no mediría más de un metro cuarenta y su pelo color negro azabache se mimetizaba en la oscuridad de la triste morada.


El baño espartano que estaba frente a la pequeña choza era apenas un agujero en el suelo rodeado de cuatro paredes y un techo. Junto a la puerta, un cubo con algo de agua recogida del manglar. 


Rajee nos sentó a la mesa de su nueva estructura. Nos explicó que el gobierno comunista de Kerala les daba dinero para levantar un negocio con vivienda. Todo a fondo perdido, con la intención de que las familias más humildes tuvieran un modo de autogestionar sus vidas. A cambio ellos llevaban a sus hijos al colegio y ponían el negocio en marcha con la simple ayuda de su comunidad de vecinos.
Esta nueva estructura se dividía en dos y cada uno de los espacios estaba formado de ladrillos de cemento, el conjunto de las dos estancias mediría menos de 30 metros cuadrados multiplicando por tres su vieja chabola. El suelo era de tierra y aún no habían puesto el techo. Comimos bajo la sombra de los árboles del bosque mientras las libélulas entraban y salían volando. Fue una agradable sensación de paz y tranquilidad. Nos pusieron de comer varias cosas típicas del lugar, unos "chapatis" (pan indio), un arroz blanco especiado y un pequeño pez colorado de sabor muy fuerte, todo ello sobre un mantel de papel de periódico. Acabada la comida terminamos por conocer a uno de sus hijos que llevaba una guitarra de plástico colgada del brazo, tenía casi todas sus cuerdas. Nos miraba con los ojos de quien tiene en frente a un oso polar vestido de faralaes. 


La temperatura era perfecta y la suave brisa que entraba desde el mar llenaba de oxígeno nuestros pulmones. Debajo de aquel cielo azul, en el que volaban los kingfisher y las águilas pescadoras, nos bañamos. En las templadas aguas de los manglares de Allapey


Eran las seis de la tarde cuando Rajee nos dejó en el embarcadero en el que nos había recogido. Se despidió con un fuerte apretón de manos mientras hacía demostraciones de los músculos que el remo le había dado. Le dijimos adiós como a tantos otros y al alejarnos un silbido nos hizo mirar para atrás. Al darnos la vuelta vimos a Rajee con un brazo levantado llenando el aire con un grito que decía - "Chapati!!!!!" -. Que grito tan revelador.


Fue un grito de triunfo ante la vida que acompañaba con aquella sonrisa de quien ahora lo tiene todo ya que todo depende exclusivamente de él. 


Es difícil explicar la cara de satisfacción que Rajee mantuvo todo el rato en su cara. Le oímos cantar, mientras remaba con suavidad por aquellos canales, de vez en cuando cerraba los ojos por unos segundos disfrutando de aquel entorno. En su cabeza llevaba un gorro paraguas que le ocultaba de los rayos del sol y lejos de avergonzarse por aquel extraño atuendo se reía viéndonos reír . Ponía pose de modelo, todo ello aferrado al mango del remo que impulsaba la embarcación. Allí quedó, en su paraíso, con su mujer, sus hijos y su barca, disfrutando de algo que algunos tuvimos por apenas unas horas, disfrutando para siempre del lugar que lo vio nacer, el mismo que lo verá morir. Unos, viajamos miles de kilómetros para llegar a ese lugar que solo vemos en los sueños, otros, viven y mueren en él, sin ninguna necesidad de soñar con nada que no sea lo que ya poseen. 

¿Acaso existe algo mejor para alcanzar la felicidad que desear lo que uno ya tiene?.

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Namasté