Varanasi, la ciudad eterna. Cartas desde India

Cuando el sol ilumina Varanasi la ciudad  hace tiempo que despertó... es la ciudad que nunca duerme. El crepitar de las llamas anuncia un nuevo día de incineraciones en donde muchas almas alcanzarán el nirvana. Varanasi es la ciudad eterna.

15 de octubre de 2015

Varanasi, la ciudad eterna. Cartas desde India
Hombres y mujeres llegados de todas partes de India se bañan en uno de los ríos más sagrados y contaminados del planeta buscando entrar en contacto directo con la diosa Ganga, hija del Himalaya y esposa de Shiva, dios de la muerte.

Durante la mañana un humo denso atravesaba la ciudad, subía por los "roof" de los pequeños "Guest Houses" de la gran urbe y aterrizaba en el interior de nuestras fosas nasales. El olor a sándalo, a madera, a ceniza... invade todo el espacio, atraviesa nuestra burbuja de occidentales y nos empapa del lugar en el que estamos. Si somos lo que comemos, lo que respiramos... podemos decir que aquí somos India. 


Una vez en la calle recorremos los callejones que nos acercan a los Ghats, entre pequeños puestos de comida, rodeados de niños que acostumbrados a los extranjeros a penas nos dedican una mirada. Nuestros pies se mojan con el agua de la fuente que dobla la esquina, es el último tramo que nos lleva hasta el Ganges y justo allí, cuando las casas se abren, dejan ver aquello que durante tanto tiempo soñamos. 


El Ganges es más que un río, parece un mar, su anchura es constante hasta donde da la vista. El inicio de la temporada seca deja ver la arena de la otra orilla, la orilla en la que habitan algunos perros. Esta se cubre de esa neblina mañanera, densa, profunda... ora blanca, ora naranja. Las libélulas de colores sobrevuelan toda India. Aquí dicen que son las almas de los difuntos que esperan encontrar otro cuerpo en el que volver a reencarnarse. Pero en Benarés, no hay libélulas porque quien es incinerado en esta ciudad alcanza el nirvana y el ciclo simplemente termina. 


Caminamos por las orillas del Ganges, sorteando mil escaleras de los casi noventa diferentes "ghats" que componen la ciudad más sagrada de India. Andamos entre barcas, entre niños, entre adultos que descansan mirando al otro lado, entre gentes que duermen apuntando con su corazón al cielo. Deambulamos entre búfalos que son bañados en las aguas, entre grupos de jóvenes que  juegan al Criquet. Golpean la pelota con tanta fuerza que por momentos olvidamos donde estamos, preocupados de no recibir un impacto. Gritan, ríen y corren de lado a lado persiguiendo una bola que rebota entre paredes y escaleras para terminar en ocasiones en el agua.


Las baldosas de piedra se encuentran sujetas por enormes grapas de hierro para evitar que desaparezcan en las crecidas del río. Es como una costura vieja que sujeta la ciudad. Varanasi es una de las ciudades habitadas más longevas del planeta, aquí se respira antigüedad y en algunas de sus terrazas unos hombres chatos, enjutos por el peso de los troncos que llevan sobre sus cabezas, apilan la leña necesaria para llevar a alguien al otro lado. Los troncos permitirán que el cuerpo de los difuntos se consuman por el fuego mientras alguien con una larga vara en las manos y un pequeño pañuelo sobre los hombros empujará los miembros que la pira va expulsando. Todo desaparecerá entre las llamas y solo quedarán cenizas. Algún hombre santo usará esas cenizas para teñirse el cuerpo de ese tono blanquecino que los caracteriza.  


Nos sentamos junto a las piras funerarias y observamos; por un lado están quienes portan los enormes leños, por otro los bramanes que preparan la ceremonia, por otro los familiares del difunto. Dicen que el llanto de las mujeres puede despistar el alma del difunto y evitar que este alcance el más allá pero aquí también vemos algún hombre que llora, sin embargo no se ven mujeres. Sobre la montaña de viejos maderos un cuerpo envuelto en trapos blancos y cubierto de flores espera a ser cubierto de elementos aromáticos. Cuando el cuerpo empieza a arder un denso humo sube hasta el cielo, nos envuelven las esencias de las maderas y no sentimos el olor de la carne quemada, tan solo el olor del pelo que arde nos recuerda que ese continente perteneció a un ser humano. Junto a las hogueras; las vacas descansan moviendo sus mandíbulas, espantando las moscas con el rabo, ajenas a lo que allí está ocurriendo. Junto a estas; los niños, sujetan el hilo de sus cometas que en tremenda lucha tratan de evitar que otro seccione la cuerda que haga caer la suya sobre la superficie del río. El humo, las cometas, también nuestros pensamientos... unen cielo y tierra mientras un poco más abajo algunos conectan con la diosa Ganga bañándose en el río junto a las primeras luces del sol. El arder de los cuerpos dura las veinticuatro horas del día cada día del año. 


Hace poco leí a alguien decir que Varanasi no le había gustado y entendí que el tiempo y el camino que nos une con las ciudades no es el mismo para todos. Es posible que no todos estemos preparados para ver y sentir determinadas cosas en determinados momentos. Porque la esencia de viajar no solo está en viajar sino en llevar el corazón y los ojos muy abiertos para dejarse querer por lo que nos rodea. Resulta que al final no es tanto estar en un lugar sino que el lugar esté en nosotros. Lo que está claro, al menos para mí, es que Varanasi es la esencia de India. Aunque solo sea porque más de 800 millones de personas aspiren a terminar allí un ciclo de reencarnaciones que para muchos es el final de un largo sufrimiento y el inicio de algo mucho más grande. 

La primera vez que imaginé Varanasi pensé en esas personas que vivían y soñaban como yo y que algún día vería arder a orillas del Ganges. Volví a pensar en ellos cuando sentado frente al fuego los vi convertirse en humo. 


Ahora me pregunto cuántas veces pasé por una ciudad sin que la ciudad pasase por mí.


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Namasté