La sonrisa de la pequeña Chakuli, cartas desde India

Una de las cosas que más sorprende al occidental cuando llega a India es lo fácil que resulta para los que menos tienen sonreír. Y cuando esa sonrisa se contagia aprendemos a vivir con mucho menos, a no necesitar tanto. La pequeña Chaculi me enseñó a volver a sonreír como solo lo hace un niño.

8 de octubre de 2015

La sonrisa de la pequeña Chakuli, cartas desde India
Chakuli, la niña de las mil sonrisas y la mirada más bonita que vi en toda India. Como Saraswati, Parvati o Lakshmí se rodeo de brazos con un gesto propio de la mismísima Kali. Una niña India tenía que ser. Chaculi era su nombre

Aquel día, a nuestra llegada a Nasik, una de las ciudades sagradas del hinduismo, todo prometía que sería cómo hasta ese momento había sido el viaje. Pasearíamos por la ciudad en busca de un cibercafé a leer nuestros correos electrónicos y nos conectaríamos con nuestro mundo real, visitaríamos el río Godavari, su lago artificial, caminaríamos entre sus Ghats y meteríamos las manos en el agua. Después, nos perderíamos entre las calles de la zona más antigua y entraríamos en algún restaurante típico indio a comer algún "thali" de esos deliciosos y llenos de cosas que nosotros, como occidentales, no llegamos a saber del todo de que se trata. Tomaríamos algún "garam chai" (te caliente o más) y sentados en alguna silla de plástico cruzaríamos miradas con extraños. Intercambiaríamos sonrisas con unos y otros y desapareceríamos como siempre dejando un rastro efímero. Haríamos un poco lo de siempre, la rutina del viajero.


A esas alturas de viaje y tras tantos meses y kilómetros recorridos nuestros corazones estaban absolutamente llenos de experiencias que eran difíciles de narrar. Pero nada es como uno se imagina y la realidad siempre supera nuestra imaginación, más aún cuando la rutina se apodera de uno a pesar de estar en el paraíso. 


Llegamos a Nasik en un autobús último modelo de los años 70 que echaba humo por orificios que nunca estuvieron diseñados para ello. Anochecía una hora antes en el interior del bus ya que las ventanas estaban tan sucias que cuando el sol empezó a esconderse los rayos que a nosotros debían llegar no conseguían atravesar esa capa de décadas de olvido. Nos dejó en una plaza que quedaba al otro lado del rio, en la plaza "Panchavati". De ahí caminamos por una de las arterias que daban al río Godavari en busca de un Guest House barato en el que quedarnos a dormir. Dimos con uno que no tenía habitaciones pero que nos puso en contacto con otro aún más barato que estaba a escasos cien metros. Dejamos nuestras mochilas y nos fuimos en busca de un cibercafé. Allí, entre unos ordenadores viejos leímos nuestros correos. En el mío encontré la trágica noticia de la muerte de alguien a quien quería y respetaba. Mis lágrimas llenaron mi rostro y sentí el vacío que se siente con la pérdida de un ser querido al que hacía mucho tiempo que no veía. Volvimos caminando por las calles de Nasik, arrastrando los pies y los recuerdos de momentos vividos con alguien a quien recuerdas con extremada claridad. Nos acercamos al río, nos envolvió la muchedumbre y allí entre familias enteras que comían algo mientras se daban baños en el lago, nos sentamos a observar. Recuerdo que fue uno de los días más tristes de mi vida. Mis ojos se clavaron en el agua y aunque intentaba seguir viendo todo lo que me rodeaba mi mente se aferraba a otros lugares, a otras caras que ya nunca vería. A nuestro lado una mujer con los ojos velados por una capa grisácea nos hablaba. Junto a ella su pequeño hijo de pocos años correteaba entre nosotros y poco a poco fueron apareciendo más y más niños. Recuerdo a uno que llevaba una capucha, con la nariz absolutamente taponada por mocos. A su lado, una niña cuidaba de él. Jugueteaba con sus ropas y tiraban un cordel largo al agua mientras corrían de lado a lado. Estaban pescando pero no buscaban peces. Poco a poco me fueron atrapando la atención y aunque mis ojos aún seguían apagados me resultaba difícil quitar la mirada de sus movimientos. 


Entre todos ellos apareció una preciosa niña de sonrisa ancha, mirada limpia y ojos enormes. Cuando hablaba ni siquiera sus amigos la entendían. Llevaba algo en la boca. Era algo que recogía del río con aquel cordel de algodón. Lo tiraba una y otra vez echando la vista atrás para cerciorarse que no dejaba de mirarla. Corría por todo el largo de la escalinata arrastrando aquel trozo de cuerda. Cuando sacaba el cordel se observaba en su punta una pieza de imán sacada de un altavoz. Si no había nada lo volvía a tirar y si había algo pegado a él lo despegaba y se lo metía en la boca. Como no llevaba bolsillos tenía la boca llena de monedas. Era curioso verla seleccionar lo que de allí sacaba y resultaba aún más gracioso ver como si lo que sacaba no era de valor lo volvía a tirar al agua con una gran sonrisa. No tenía en cuenta que lo volvería a sacar tantas veces como lo devolviera al lago. Poco a poco fue ella la que perdió la atención en su búsqueda. Se acercó definitivamente a mi lado y allí se quedó haciendo tonterías con sus amigos. Para entonces ya había aprendido a preguntar "Como te llamas" en hindi. Así que le dije -Tumhara naam Kya hai?- a lo que respondió con una sonrisa inmensa -Chakuli - . Sus ojos expresaban una enorme felicidad, se la veía una niña enormemente feliz y su felicidad me contagió como un mortal virus. Sacándome de la tristeza a la que me había entregado un rato antes. 


Ese día de tristeza se convirtió en un día de paz gracias a la mirada de una niña que buscaba dinero en un río de Nasik. Por un momento volví a ser niño y miré a los ojos como hacía aquella pequeña, sin complejos, sin preocupaciones y con toda una vida por delante. Creo que durante ese instante fui más niño que en mi propia infancia. Chakuli la pequeña del río Godavari, aún hoy tengo su mirada y su risa clavada a fuego en mi mente, rellenando huecos de tristeza que quedaron en mis recuerdos. Recuerdos que se llenan de momentos vividos con una mochila a la espalda a miles de kilómetros de lo que hoy es mi casa.

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Namasté