El conductor del Ricksaw, cartas desde India

Con los ojos y el corazón abierto un simple atasco en medio de la calle de una gran ciudad te puede ofrecer una curiosa lección de vida. 

4 de octubre de 2015

El conductor del Ricksaw, cartas desde India
Los ricksaws se abandonan en las calles de Calcuta, el gobierno indio ya no da licencias.

Las caras de algunos lugareños se van haciendo familiares, algunos buscan foráneos a los que poner cara de pena y sacarles de comer. Luego simplemente vuelven a esa tienda a recuperar el dinero pactado con el dependiente. La jugada no es ni nueva ni compleja y siempre funciona. El forastero simplemente se sentirá bien por haber dado de comer al hambriento y todos tan contentos.


Las puertas del mercado siempre están llenas de gente. La calle, taponada por cientos de coches, motos, bicicletas, personas y ricksaws. Estos últimos siempre van tirados por personas que generalmente van descalzas y llevan un trapo atado a la cintura llamado "lungui". Los conductores de estos medios de transporte aseguran que, en épocas de lluvias, solo ellos circulan por las calles inundadas de agua sucia calándose hasta los huesos y destrozándose las articulaciones. Curiosamente, cuando llueve, son ellos los dueños y señores de la ciudad. Cuando los monzones terminan se limitan a seguir a los coches y a hacer sonar el cascabel de calamina barato que llevan en una de sus manos para hacerse notar y esperar que alguien les ceda el paso. 

Así me decía aquel hombre de lungui azul a rayas. Movía sus labios bajo el bigote blanco que los cubría mientras agarraba uno de los brazos del ricksaw con su mano izquierda. La otra mano la movía dejando ver aquel cascabel del tamaño de una pelota de golf. Su cabeza se agitaba mientras hablaba buscando el paso entre los coches, paso que intentaba ganar a base de golpear aquel sonajero contra el brazo derecho del ricksaw. 

 - Vosotros los extranjeros creéis que si subís a mi ricksaw fomentáis mi esclavitud pero no sois conscientes de que si no sube nadie mi familia no come - Así me dijo  mientras me mostraba sus rodillas deformes fruto de los años de trabajo. Me daba a entender que le quedaba poco tiempo tirando de aquel trasto, al menos así lo entendí. Cuando su cuerpo se rinda por el esfuerzo de tantos años el gobierno de Calcuta retirará su licencia para siempre. Pronto no se verán ricksaws por las calles de Calcuta -, eso fue lo que añadió con una mirada penetrante justo antes de ofrecerme su bola plateada que hacía las veces de claxon. Se la compré sin saber muy bien que haría con ella. La metí en mi bolsillo y le di unas pocas rupias. Así quedamos todos contentos y se fue dándome las gracias mientras se llevaba su mano al pecho y bajaba la cabeza con un gesto de agradecimiento. Desapareció entre los coches y unas decenas de carros y bicicletas. Creí que no lo volvería a ver. Así fue durante los dos siguientes días, días en los que paseé por las calles cercanas al mercado, tomando "chais" y comiendo "samosas", simplemente dejando pasar el tiempo. De vez en cuando sacaba la bola de mi bolsillo y la miraba observando todas sus muescas de años de golpeo y sabía que de mi bolsillo iría a alguna de las paredes de mi casa para permanecer en silencio hasta que alguna visita la hiciera sonar. 


En uno de esos ratos y ante mis ojos, entre los coches, apareció la figura de aquel mismo hombre. Tiraba de su pequeño carro, sobre este había dos indios que resignados con el tráfico esperaban que el conductor buscase el hueco para salir del atasco. Con su mano derecha trataba de hacer sonar el cascabel que ya no tenía. No conseguía hacerse oír ya que su cascabel enmudecía en mi bolsillo. Comprendí entonces que de nada serviría tenerlo en mi casa y que el pago que había hecho por él con creces estaba amortizado. Me acerqué a él entre los coches, estiré la mano y se lo devolví. Me miró con una sonrisa que valía más de lo que yo había pagado. Sus ojos dejaron ver el agradecimiento de quien se siente comprendido y mi cara le devolvió una sonrisa del mismo ancho. Ambos comprendimos muchas cosas en ese momento. Se fue entre el tráfico haciendo sonar el sonajero contra la madera del ricksaw, sin volver la vista atrás, enfrascado en su trabajo, en su función de tirador de un ricksaw. Lo seguí con la mirada hasta que desapareció entre los coches. 


Años después, de regreso a Calcuta, todos se parecían al viejo tirador de ricksaw, la ciudad lo había engullido, quizás sus rodillas habían dejado de ser útiles, quizás corría por la calle paralela a la que me encontraba, tal vez su ricksaw descansaba para siempre en una de las paredes del viejo barrio chino o simplemente nuestras miradas no se cruzaron. 

Al final las cosas que más valen no tienen precio, son gratis y siempre están delante de nuestros ojos. Porque la vida son esas pequeñas cosas que nos hacen sentir un poco más humanos. 

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Namasté