El bazaar de Kolkata, cartas desde India

No todo resulta nuevo cuando viajamos, hay momentos y lugares que permanecen en nuestros recuerdos esperando a que un olor, un sonido o una sensación nos recuerde que ya vivimos eso, en otro lugar, en otro tiempo.

1 de octubre de 2015

El bazaar de Kolkata, cartas desde India
El viejo mercado de Calcuta es un mundo de olores y sensaciones, algo que el viajero no puede perderse

Las calles aledañas al mercado estaban repletas de gente. Allí algunos desayunaban algo caliente en esa posición hierática de las esculturas más clásicas. Con un leve movimiento de cabeza y con la comida a punto de llegar a la boca nos miraban. Esperaban cruzar alguna mirada y si llegaba el caso dejaban escapar una leve sonrisa.

El mercado era grande, quizás más que eso, ya que eran varias naves las que completaban el conjunto. La primera de las zonas se componía de pequeños comercios, no más grandes que una pequeña cocina en una pequeña casa. Habitáculos en los que solo podía entrar una persona y más de un millón de objetos, había cientos de estos pequeños comercios y  parecían miles. Paseamos entre las pequeñas calles, sobre el suelo de azulejo barato, nos perdimos entre sus tiendas de cosas aún más asequibles, con movimientos de cabeza de lado a lado por no perdernos algo interesante.

Sin querer, dejamos atrás la parte más limpia del mercado. Entre las naves había una pequeño paso, descuidado y silencioso, ahogado en el piar de unos pollos que parecían mojados, sin plumas, tristes, apagados... el olor a granja te agarraba lo más profundo de la garganta mientras los pobres animales esperaban su turno en grandes cestas de mimbre cubiertas por una red de lo más austera.

El mercado de la carne era obscenamente hediondo, dolían los ojos y atacaba a todos los sentidos, era el olor de la putrefacción de la carne.

Los restos animales cubrían el suelo de todo el recinto y pequeños ríos de sangre dibujaban en silencio los laterales de las calles. A penas había gente, ya era tarde y resultaba imposible separar los ojos de ratas y gatos que convivían junto a humanos en extraña armonía.

Los gatos se lamían las patas poniendo algo de limpieza entre tanta suciedad y las ratas observaban entre las cajas atravesando con rápidas carreras nuestras trayectorias. Los pocos humanos que allí había dormían sobre aquellos lechos de muerte, entre sangre y vísceras aún calientes. Y nosotros, en silencio y con la mirada azotada de tanto espanto, tratábamos de encontrar la salida.

Los rebaños de ovejas entraban arrastrados por los matarifes que con un certero movimiento del cuchillo terminaba con sus vidas, todo en medio del paso. El resto de los animales se volvía loco ante aquel espectáculo. Los destripadores giraban sus cuellos sin el más mínimo sentimiento en sus rostros, siguiendo nuestros pasos con la mirada a sabiendas de nuestro espanto.

Recuerdo cuando años atrás, en el mercado de San Martin, entraba en la pescadería y la primera sensación era muy parecida. Recuerdo cuando el suelo se cubría con escamas y las tripas de los peces llenaban unos cubos de plástico negro, recuerdo aquellas luces paupérrimas iluminar el género, dejando ver unos ojos de pez que hacía días habían perdido su brillo, recuerdo los sucios delantales de los pescaderos cubiertos de restos de sangre y los machetes, machetes con los que abrían los peces, recuerdo la sensación de no querer que nada tocase mi piel y como cualquier sensación de agua sobre mí me hacía sentir sucio en aquel entorno. No hace tanto tiempo de aquello, ni había que viajar tanto. Eso ocurría junto a mi casa, cuando apenas era un niño y el mercado era prácticamente igual a este. Un poco más limpio pero con la misma intensidad de olores, las mismas columnas de hierro de principio del siglo XX, las mismas tristes luces.

Al final, un viaje que nos llevó a miles de kilómetros, por unos momentos, nos aparcó cerquita de nuestra casa, cerca de nuestro corazón, allí donde se guardan los recuerdos.

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