El viejo hotel Cadilac, cartas desde India

El primer contacto con India nunca es fácil, ni siquiera para los más veteranos. En ocasiones simplemente consiste en dejarse llevar y dejar que todo fluya por si solo

24 de septiembre de 2015

El viejo hotel Cadilac, cartas desde India
El ventilador del techo del Hotel Cadilac fue la sinfonía que acompañó nuestras primeras horas en India

Durante varios minutos estuvimos sobrevolando las chabolas de los Slam de Bombay. Unos pocos metros por debajo de la panza del 747 dormían más de quince millones de personas. Ni por un instante pudimos imaginar el sofoco de humedad que recibimos con la apertura de las puertas del avión. 

 
Por la mañana salimos en autobús hacía Ahmedabad. En una de esas guías para viajeros habíamos encontrado un pequeño hotel en medio de la ciudad. El Hotel Cadilac, con aquel nombre solo podía tratarse de un lugar con altas dosis de glamour, aunque para empezar a ese Cadillac ya le faltaba una "L" para ser elegante.


Aquel hombre nos recibió en la puerta, sorprendido porque su hotel saliera en una guía de viajes para extranjeros, su cara reflejaba una emoción digna de un niño en la noche de reyes y buscaba con la mirada un cómplice a quien contarle la increíble noticia. Incluso nos pidió que le hiciésemos una fotocopia de esa reseña; sin duda alguna, esa fotocopia terminaría en un lugar especial de la recepción. 


Cuando llegamos a las habitaciones comprendimos mejor a que se debía su incredulidad. Las habitaciones mugrientas no habían visto una fregona en mucho tiempo. Las paredes se desconchaban a nuestro paso y el botones, con un traje hecho a medida hacía 30 años, se esmeraba en hacernos el primero de los cientos de chais (té indio) que tomaríamos en nuestro viaje. Nuestra habitación era mucho peor de lo que podíamos haber soñado y aún con el jet lag sobre los hombros nos dormimos con medio cuerpo fuera de la cama y el ventilador sobre nuestras cabezas. A penas fueron treinta minutos, tiempo suficiente para necesitar una ducha fría. Tampoco había más opción. El baño: varios cubos y el caño de agua que apenas salía del agujero de la pared hacía presagiar una ducha difícil e incómoda. La puerta estaba deshecha por la humedad y parecía que los roedores devorasen su parte más baja en busca de algo que llevarse a la boca. Salimos al balcón del hotel. Era como mirar desde las almenas de un castillo. Los coches pasaban a gran velocidad, las motos serpenteaban entre el tráfico y los perros cruzaban la calle de un lado a otro. En el alminar de una de las mezquitas un muecín llamaba a la oración. Su voz llenaba el aire y al escucharlo volvió la calma: los claxon dejaron de sonar, el tráfico desapareció, la calle se quedó vacía. Por un momento nos olvidamos de la suciedad del viejo hotel, de sus camas llenas de polvo, de sus suelos desgastados, del sonido del ventilador. Incluso nos olvidamos de aquel botones que nos miraba curioso al fondo del pasillo... puede que la calma solo estuviera en nuestra imaginación...


Sin duda alguna, el vetusto Hotel Cadilac, como un anciano sabio, nos abrió las puertas de un viejo país. El viaje no había hecho nada más que empezar y prometía un mundo de sensaciones que jamás olvidaríamos. 


Namasté

Indian lassi, un viaje por Asia.