Un exitoso reemplazo

Crítica. 18/11/2014. Auditorio Nacional (Madrid). Sala Sinfónica. Ciclo "Grandes Clásicos" de la Fundación Excelentia. Gastón Rivero (tenor), Orquesta Clásica Santa Cecilia, Frédéric Chaslin (director). Arias y páginas orquestales de óperas de Tchaikovsky, Verdi, Gounod, Offenbach, Puccini y Cilea.

30 de noviembre de 2014

Un exitoso reemplazo
El tenor uruguayo Gastón Rivero

Generaba muchísima expectación la primera visita a Madrid del tenor Joseph Calleja, pero lamentablemente, unos pocos días antes de este esperado concierto, el cantante maltés se veía obligado a cancelar su actuación por problemas de salud. En su defecto, la Fundación Excelentia encontró un adecuado sustituto en la persona del tenor uruguayo Gastón Rivero, que ha sido un grato descubrimiento para el que escribe estas líneas.

Esta Gala Lírica que venía a ofrecer la Fundación dentro de su ciclo "Grandes Clásicos" tenía un propósito solidario, ya que los fondos del concierto iban a ser destinados a la Fundación Síndrome de Down que celebraba su 25 aniversario, cuya presidenta ofreció una amplia alocución al inicio del concierto destacando las actividades y los principales logros conseguidos durante los años de historia de esta necesaria institución de carácter social.

El concierto, cuyo programa original se vio ligeramente alterado por la cancelación de Calleja, contaba con la participación del maestro parisino Frédéric Chaslin, un director de sumo detallismo y no menor impulso nervioso en el podio, demostrado en piezas netamente orquestales como la que daba comienzo la velada, la célebre polonesa del acto tercero de la ópera Eugen Oneguin de Tchaikovsky, con la que los profesores de la Orquesta Clásica Santa Cecilia calentaban motores.

El tenor uruguayo salía a escena con todo un reto para la matización y el fraseo como es el "Celeste Aida" de la Aida verdiana, ofrecido sin su habitual introducción declamada. Con este aria realizamos el primer acercamiento al singular instrumento del cantante latino. Es la suya una voz de tenor lírico-spinto de oscuro color en la que se diferencian con especial nitidez varios registros: un centro de anchura, un agudo firme y viril y unos graves generosos. A pesar de que no poseer un timbre especialmente destacable, la voz de Rivero se define por su gran volumen de emisión, especialmente en los agudos, demostrando domeñar hábilmente con medias voces esa amplitud vocal. La interpretación del aria de Radamés con su falsete final le valió al uruguayo sus primeros aplausos, muy alejados aún del entusiasmo que se produciría en la segunda parte.

Siguió luego un más extenso lucimiento para la orquesta con la música de ballet de la ópera Fausto de Charles Gounod, donde Chaslin extrajo unos tempos de danza sumamente variados alabándose a nivel instrumental el discurso cantabile de la sección de cuerdas de la orquesta. Completamente introducidos en repertorio romántico francés, y continuando con el mismo Gounod, la segunda aportación de Rivero sirvió para ahondar en su capacidad para el canto delicado y expresivo, preñado de filados y pianissimi, en el contemplativo aria "L'Amour... Ah, leve-toi, soleil" del Romeo y Julieta. En la siguiente página orquestal, la barcarola de Los cuentos de Hoffmann de Offenbach (raramente introducida por el solemne preludio del acto segundo), Chaslin pasó un poco más de puntillas, con una línea melódica un tanto vaga y desangelada, privada a nuestro parecer del apasionamiento y el carácter melancólico que destila la famosa pieza. En el subsiguiente aria de la flor de la Carmen de Bizet, a pesar de estar razonablemente bien cantada por un Rivero que jugó con la emotividad, el cantante no contó con un acompañamiento adecuado, debido a que la orquesta acusó algún que otro desajuste, cerrándose de esta manera una primera parte en apariencia irregular.

Diversos contrastes de velocidades entre cada pasaje definieron la propuesta de Chaslin de la obertura de la ópera I vespri siciliani de Verdi con que abrió la segunda parte, recreación vibrante en el plano rítmico, donde los ánimos volvieron a encenderse entre el público. No obstante en la brevísima ballata "Questa o quella" del Rigoletto, el tempo tan apresurado del maestro francés no resultaba muy favorable a Rivero a la hora de colocar las cadencias a solo de cada estrofa.

Una pequeña concesión para la canción napolitana en esta segunda parte íntegramente dedicada a la ópera italiana, se materializó en el "Ideale" de Tosti. Siguiendo con el maestro de Busetto, si el Rigoletto no resultaba plenamente indicado para los medios vocales de más poso dramático del uruguayo, la siguiente pieza sí que le encajaba a la perfección: el aria de Macduff del cuarto acto de Macbeth ("Ah, la paterna mano"), en donde consiguió aunar con acierto una expresión trágica con un gran poderío vocal, apoyado, esta vez sí, por un mucho más equilibrado acompañamiento. Sin lugar a dudas este fue el punto de inflexión del concierto al que asistíamos, y que a partir de aquí los niveles de calidad fueron a más.

Si Chaslin dotó de un fuerte arrebato verista al intermezzo de Manon Lescaut de Puccini creando con acierto lirismo y clímax, el inmediato lamento de Federico de La arlesiana de Cilea fue un ejemplo de caracterización dramática por parte de Rivero, donde hizo gala de la mezza voce consiguiendo una emotividad creciente, libre de las consabidas afectaciones de que sufre este aria, y que coronó en altura (no en falsete como se oye a veces en otros tenores) para mayor solaz del público, que empezaba ya a rendirse a los pies del uruguayo. El colofón a este programa continuaba en la misma línea dramática con el "adiós a la vida" de la Toscade Puccini ("E lucevan le stelle"), en donde su expresión y amplio volumen vocal hicieron de nuevo estallar la ovación unánime.

En las propinas, el maestro galo, con gran ceremonial y de forma irónica, se dirigió a los espectadores al anunciar que éstas eran poco conocidas (algo que hace sonreír bastante una vez que sonaban los primeros acordes de cada una de ellas): la romanza "No puede ser" de La tabernera del puerto de Sorozábal (única concesión española), la napolitana "O sole mío" y una emotiva puesta en escena del aria "Nessun dorma" de Turandot, cantado a coro por las voces de unos ilusionados jóvenes con síndrome de Down colocados en primer término a lo largo del escenario y cálidamente arropados por la voz broncínea de Rivero, el tenor que el público madrileño no olvidará por haber sido el exitoso reemplazo de Calleja.

Germán García Tomás

@GermanGTomas