En el umbral de la excelencia

25/9/2014. Auditorio Nacional de Música (Madrid). Sala Sinfónica. Temporada 2014-2015 de la Fundación Excelentia. Serie Grandes Clásicos. Programa: Obertura de Los maestros cantores de Nürenberg (Wagner), Concierto para piano número 2 en do menor op. 18 (Rachmaninov), Sinfonía nº 4 en fa menor op. 36 (Tchaikovsky). Gabriela Montero (piano), Orquesta Clásica Santa Cecilia, London & Vienna Kammerorchester. Grzegorz Nowak (director).

10 de octubre de 2014

En el umbral de la excelencia
La pianista venezolana Gabriela Montero

Asistimos a uno de esos conciertos que marcan huella, que tras su conclusión deja un eco persistente en la memoria del oyente. La serie Grandes Clásicos de la temporada de conciertos de la Fundación Excelentia comenzaba por todo lo alto. La institución que preside Javier Martí ha tenido el privilegio de conseguir la visita al Auditorio Nacional de Música de Madrid de la talentosa pianista y compositora venezolana Gabriela Montero, que venía a ofrecer su primer concierto en suelo español, una esperada cita musical que ha causado una honda impresión en el ánimo del público madrileño en su interpretación del Segundo Concierto de Sergei Rachmaninov.

Nos encontramos frente a una concertista verdaderamente comprometida en el terreno político, con el arrojo y la gallardía suficientes como para criticar expresamente al régimen bolivariano y a la doble moral de las instituciones culturales y musicales de su país, viéndose por ello obligada a exiliarse de su tierra. La naturalidad con que se posiciona frente al teclado revela seguridad, un completo dominio de sí misma y de sus emociones internas. Su acercamiento a la obra concertante más célebre y difundida del compositor ruso huye mayormente de la manida edulcoración y sentimentalismo con que la tradición la ha revestido durante décadas. El discurso fluye natural en las manos de Montero, cuya digitación, de gran firmeza y precisión, insufla un aura de melancólica nostalgia a ciertos pasajes de la obra. Más que romanticismo, parece como si dotara de una cierta ausencia y meditativa contemplación a los momentos más tranquilos y reposados, llegando a alcanzar la mayor y más sublime cota expresiva en el tiempo lento central, donde se presenció mucha poesía y una íntima comunión entre el maestro polaco y la joven concertista. A un controlado manejo de las dinámicas, la venezolana imprime un electrizante virtuosismo al tercer movimiento que a pesar de todo no llega nunca a desdibujar el trazo de la línea melódica.

El tempo vertiginoso y trepidante con el que concluyó el concierto de Rachmaninov, coronado por una cerrada ovación hacia Montero, sirvió para que se pronunciaran en la sala sus paisanos, alguno de ellos en espontánea exhibición pública de la enseña nacional venezolana, desvirtuando un tanto el ambiente casi sagrado de la sala. Ella entonces agradeció al público de Madrid su calurosa acogida, manifestando la satisfacción que le resultaba actuar en un país al que apreciaba mucho. Y la improvisación, ese arte hoy tan olvidado pero tan característico de los clásicos maestros para tecla del siglo XVIII, que Montero continuamente reivindica y practica en sus conciertos como marca de la casa ("componer en el momento", ha llegado a denominarlo), fue la propina con la que nos obsequió. En concreto un ritmo popular de tonada venezolana cuyo tema la pianista autóctona transformó con naturalidad e impecable dominio técnico en múltiples revestimientos armónicos y rítmicos, pasando por el arte de la variación a la manera de Bach, para finalmente transicionar a la pegadiza rítmica y melódica original, siempre con el componente virtuosístico como principio regulador de su improvisación, un género que gracias a Montero renace con mayúsculas, modernizado, ecléctico y novedoso a los ojos del espectador de hoy. Con esta actuación, la venezolana demuestra dominar ampliamente todos los dificultosos resortes del arte de la improvisación.

Afortunadamente, tras el descanso las emociones fuertes no cesaron en esta velada de ciclo inaugural. Aún quedaba otro plato romántico ruso con la autobiográfica Cuarta Sinfonía de Tchaikovsky, servido en bandeja por el polaco Grzegorz Nowak, uno de esos maestros de marcada personalidad en el podio que por su carisma directorial nos hace rememorar la gran tradición de las batutas centroeuropeas. Ya nos había mostrado su fuego con la obertura de la ópera Los maestros cantores de Nürenberg de Wagner, en la que el maestro polaco extrajo de la Orquesta Clásica Santa Cecilia (que en esta temporada contará siempre con el refuerzo de miembros de la London and Viena Kammerorchester) una sonoridad envolvente, densa y profunda, de mucho músculo orquestal, quizá un tanto aristada y excesiva en los metales, pero solemne y efectiva al fin y al cabo. Con esa misma sonoridad se dotó a la obra sinfónica de Tchaikovsky, una versión con más nervio y garra que dramatismo, aunque controlada en todo momento en variación de dinámicas, dotando al tiempo lento del requerido elemento cantabile. El discurso resultó claro, destacando el correcto empaste de cuerdas pese a algún fallo aislado de afinación en los metales.

Podemos decir para concluir y sin temor a equivocarnos, que este concierto inaugural de la Fundación Excelentia, en honor a su propio nombre, ha conseguido acercarse al umbral de la excelencia. Esperamos y deseamos que le sigan muchos más.

Germán García Tomás

@GermanGTomas